jueves, 30 de septiembre de 2010

El tren subterráneo.

La luz de cada lámpara en la oscuridad del cielo, justo antes de amanecer, parecía trazar un sendero hacía las nebulosas que debido a los vientos del día anterior se habían desplazado, dejando tras de sí, un cielo claro que permitía ver un inmenso negro, sin una sola estrella. Sentado en el último vagón del tren subterráneo, esta él, posando su mirada en aquellas luces, pequeños puntitos que se podían observar a lo lejos, en las cumbres de los cerros circundantes a la ciudad, en ese corto, pero inolvidable instante en que aquel tren salía de la profundidad para dar cara a la luz del nuevo día; mientras por su mente pasaban una y otra vez la cantidad de problemas que tenía que resolver, al grado de mantener su mente tan ocupada buscando una solución.
Apretaba fuerte el portafolio que llevaba consigo, aunque vacío, le servía como único escudo ante cada persona a su alrededor, tal vez era su paranoia o realmente pasaba por la cabeza de “aquellos”, lo desgraciado que era él.

El recorrido de siempre, los mismo rostros, los mismos títeres, el mismo paisaje; la cotidianidad de su vida lo llevaba a la desesperación que por dentro se mantenía, mientras mostraba por fuera un total conformismo, esbozaba la sonrisa más falsa que podía con tal de aislarse de todo aquel que tratara de infringir su pequeño mundo.

Se levantó rápidamente de su asiento, mientras a empujones parecía luchar por un premio, el cual sólo era salir para poder emprender una carrera a su trabajo; la amenaza latente de su despido por cada retraso, le ayudaría a sacar de alguna parte de su escuálido cuerpo, la fuerza necesaria para llegar en menos de 5 minutos, a un edificio que se encontraba a por lo menos, 7 calles de la estación.
Mientras corría, a su lado pasaron imágenes de las personas que caminaban por las calles; si esta vez volvía a llegar tarde, se quedaría sin empleo, y comenzó a escuchar las estrepitosas voces de sus hijos y su esposa, pidiendo las cosas más ilógicas, como si fuera asunto de vida o muerte, aquello que él no podía darles, mucho menos sin dinero.

Tomó la tarjeta mientras recobraba el aliento, registró su entrada y subió las escaleras para llegar a su cubículo. Se dispuso a realizar lo de siempre, lo de nunca, permanecer muerto frente a un monitor que regularmente, no le decía nada, junto a un teléfono de extraños, absorto de su realidad; esperó a que el reloj marcara las 6 de la tarde, para terminar su martirio y regresarlo a la soledad que vivía, comía, bebía y respiraba de él.

Los segundos pasaron cada vez más lentos, sus ojos se colgaban de las manecillas del reloj, mientras ensayaba la perfecta escena de la obra de teatro que por meses llevaba planeando. La felicidad se dibujó en su cara como un poema, parecía haber perdido la razón, pero nadie a su alrededor miraba, sólo las paredes silentes eran testigos de cada momento. La hora llegó, el reloj marcaba las 6 en punto; partió con prisa a cumplir con su historia, el recorrido en el tren subterráneo fue más rápido de lo normal, se deleitó imaginando, no podía esperar por llegar a su hogar. El paisaje exterior ahora lucía diferente, la luz de un cegante sol y las siluetas de los edificios, árboles y demás, manchaban la impecable escena que deseaba llevar acabo.

Metió la llave en el cerrojo, la giró, abrió la puerta y posó sus ojos sobre el televisor que no le dejaba dormir en las noches al recordar la fortuna que le había costado y el dinero que cada mes descontaban de su salario a causa de eso; subió lentamente las escaleras, sonriendo giró por el pasillo hacía la izquierda, justo hacía su cuarto. Llamó a su esposa e hijos, el ruido de la planta baja se detuvo por un segundo, mientras ellos subían las escaleras y justo cuando los principales espectadores dieron vuelta en aquel pasillo; una sonrisa adornó su rostro,la de mayor satisfacción en años. Abrió lentamente el closet, la tomó entre sus manos, la llevó a la sien y apretó el gatillo, la bala, atravesó su cráneo, la masa encefálica, apagando neurona por neurona, mientras la constante sonrisa ante el estruendoso grito de emoción de los espectadores, le prolongaban la alegría, que por primera vez iluminaba más que la luz de las lámparas de aquellos amaneceres.

Por Spina Bifida

La gente dice que estoy loco, temo que esta vez tiene(n) razón.

La gente... bueno no, mi padre, dice que estoy loco, yo no lo creo (un autobús atraviesa la calle a gran velocidad), mi madre dice que es porque estoy creciendo (ya tengo 22, un vaso se cae en la cocina y hace ruido en toda la casa), el doctor dice que tengo problemas neurológicos (me levanto de la cama pero no quiero), yo creo que nadie me entiende, o por lo menos a nadie le interesa (las sabanas son rasposas). Me preparo para irme a la escuela, otro día seco como siempre, (ya estoy en la puerta, mi madre pregunta "¿Ya te vas?" pero no la oigo), mientras camino por la calle visualizo mi día (un perro ladra, tan fuerte que logra espantarme), veré a mis "amigos", un tipo alto y rico que finge interesarse en mí (una parvada pasa volando) y otro flacucho que me adula cada que puede (ya estoy cerca, la escuela queda tan cerca de mi casa), luego a tomar esas aburridas clases, los maestros son mediocres, gente que no encontró nada mejor que hacer y se puso a dar clases, se que no es su culpa, pero tampoco es mía (un bebé llora a lo lejos). Heme aquí otra vez (la molesta campana suena).

Después de un par de clases me dirijo a la biblioteca (risas sin sentido), también es aburrida pero al menos ahí no hay tanto ruido, al entrar lo veo, ayer su rostro se escondía tras montones de libros viejos, sólo se veían su manos, finas y encantadoras, hoy no es diferente (olor a recuerdos en el aire) ahí está otra vez.

Entra y voltea a verme, dice que viene porque aquí no hay tanto ruido pero en realidad viene a buscarme, lo sé, ayer también vino, entra, me mira, cree que no me doy cuenta, camina hacia una mesa cercana, saca un libro de su mochila y "lee distraidamente". Se cree especial pero es uno como cualquiera.

Me siento y lo observo mientras él no se da cuenta (el aire frío entra por la ventana), me gusta observarlo, creo que es lo único que vale la pena y hace que me levante cada día (la ventana se cierra con estrépito), creo que hoy lo haré, me acercaré y le hablaré para que sepa que existo (una silla que arrastran).

Está inquieto, creo que algo pretende.

Estoy decidido, cierro el libro y me levanto hacia él (una gota de sudor cae por mi frente, no me molesta), me siento a su lado y lo miro, por un segundo aparta la vista de su lectura y me mira, yo me congelo, sus ojos... son perfectos (el rasgar del lápiz en el papel), me acerco aún más, él no se mueve.

Se acercó a mí, no lo esperaba, no sé que hacer, por mi mente pasa "es uno como cualquiera", pero no se que hacer.

Me acerco aún más, saco un cuchillo de mi mochila, se lo entierro en el estómago, no hace ruido, él no se mueve, le beso los labios, él esta congelado, me mira, saco el cuchillo, lo guardo en mi mochila, él sangra pero no se mueve, me levanto y doy media vuelta. Lo logré, me acerque y lo besé (un libro cae), él aún no se mueve, la sangre gotea por la silla, nadie se da cuenta (gis en el pizarrón), creo que lo amo.

Salgo de la biblioteca.

Mi padre... bueno no, la gente, dice que estoy loco, temo que esta vez tienen razón.


Por J.R. Cruz

Luz


Es tu ironía,
verdad,
casa perdida;
cerbero sin razón y necio
estructura de lo tibio
y de lo insano.
Tu corazón late pronto
fuerte late como el tiempo
late seco como roto
late inmenso como el mar.
Luz corrompida, desolada,
casi extinguida;
celebras la madrugada
alzando tus pezones negros
dando de beber a tus hijos
para hacernos crecer
y poder tomar tu cuerpo.
Brillo frío del cielo
rocío tibio de primavera
calor infernal del averno,
danos de beber de tu cuerpo
toma a tus hijos en tus brazos
corrómpenos como el grito al canto
tortúranos  y haznos llegar a ti.

Por Juan Montoya