Con el instinto que renace
del suave color paquidermo,
la fiereza de tus felinos,
y el antílope deseo,
añejado con la virtud
de tus profanos oasis,
eres en esencia y vida
lo que hace de mi estatus
(de lagrimales y cornisas)
el nativo de tu naturaleza.
Plasmado en Gizeh
tu hija pródiga
encarnada de corinto ,
está la grandeza de los muertos
(y la vida efímera de laberinto)
en la que me vestiste
ansiada de la blanca búsqueda
de ver en el cielo tu contraste
cuando la noche tiñera a tu azul seda.
Y la vida
-como vida tú misma-
encerró en tus mazmorras
todas las glorias griegas
y las llamas de Pandora
con que das la luz a tu herencia
y a la escabrosa existencia.
Triste arquitecta
de todo lo animal
(de las células,
de los paganos,
y las trincheras)
vas por los caminos
dando sangre a los ciegos,
y abusando de tu riqueza,
cuando el pobre pregona
una baja moneda
surcas entre los cerros y minas
para dar más que la burda limosna
a la pobre escasez peregrina.
En tu vientre vive el pecado
de no pecar jamás de antemano,
y a pesar de la crudeza que nos dota la vista
hay más voluntad en tu mano
que en la completa oración de un artista.
Un día se marcó en la tierra
la fertilidad de una diosa
y al caer la vid poderosa
se formó en tu presteza
la más clara luz de existencia.
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