A solas, el sol, en el cielo,
cuando la aurora, enemiga
del sueño, con su alboroto
despertaba a los ruiseñores,
se encariñó con el combate sollozante,
ya que es completamente vano
e inútil llorar por los muertos.
Gallo que anuncias la mañana,
anima tú a los jóvenes con tu canto,
pues mucho falsean los poetas,
y a los dioses les tocará determinar el triunfo,
que es Ares común a todos.
Vengo del río y todo lo traigo reluciente
(de veras: ¡vi a Febo en sueños!)
y me agobia el estruendo del mar púrpura
bullendo a mi alrededor,
ya que también para el silencio existe
una recompensa sin riesgo.
Te busco sin dejar de hacer presagios
porque no vamos a pasarte gratis:
hay un buey trabajando en casa.
No sé que hacer; mi pensamiento es doble:
por un lado, deseo tener trato contigo
pues son tan amables tus modales,
y deseo también que lo más justo de todo,
la verdad, nos asista tanto a ti como a mí,
pero el deseo, que rompe los miembros,
¡amigo!, me vence irrefrenablemente,
y de pelearme contigo son tan grandes mis ganas
como las de beber, cuando la sed me abrasa.
No hay nadie sin reproche ni sin daño:
son los dados de Eros, delirios y pleitos.
No me importan ya ni yambos ni placeres,
pues son azar y destino, Pericles,
los que dan a los hombres todo
y siendo tan largo el tiempo de estar muertos,
vivimos malamente pocos años.
Carlos Viveros Torres
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