miércoles, 8 de diciembre de 2010

¡Cuán débil la vida! ¡Cuán amplio el todo!


VI

¡Cuán débil la vida! ¡Cuán amplio el todo!
Dibujar la mano bajo la espiga
y sólo cuando la figura caiga
tocar y ver el corazón cortado.

Llena la vida y vacía entre tanto
seminal viento de vano futuro.
Cetrino aliento, escabroso llanto,
postigo eterno del febril torturo.

Si bien, son tus ensueños y caricias
soledades perdidas y recuerdos
en donde el frío permanece oscuro

gélidos habrán de ser los sepulcros
y soledades serán todas mías
cuando cese el fulgor de tu conjuro.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Primera despedida

Con la misma roca con la que el deseo construyes
rompes hoy lo que el silencio deshizo
callada eternamente en tu silencio tranquilo.

Arquitecta de visiones, soñadora desprovista,
que hábilmente teje su beso conmigo
y que con hábil tejido ha de huir silente a la nada.

Siento del mar tu ausencia y de la noche tu mirada
inquieta, bella y azarosa; pero lejana de mí.

Volteó el rostro a la cama, respiro tu ausencia
y poco a poco siento que ya no estás aquí.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Ese domingo...

—Cuando yo era joven...
—Ay compadre, si todavía es joven. ¿Cuántos años tiene, treinta y cinco?
—Pues la última vez que me los conté así era. Bueno pues, cuando yo era chamaco, nos íbamos todos los hermanos a ver a los patos. Íbamos con mi apá y con mi mamasita que era a la que le gustaban esas cosas. Íbamos los domingos temprano, y de regreso pasábamos al mercado a desayunar en las tortas de Don Simón.
—Sí, me acuerdo de Simón. Muy bueno el viejo. Era el papá de Rosa, la de los ojos bonitos. Rosita iba a comprar los bolillos a la panadería que está enfrente de las canchas de fut. Cuando terminábamos el partido me iba a esperarla. Siempre me daba sus excusas: "Es que me está esperando mi papá", y se iba corriendo toda sonrojada con sus bolsotas de bolillos.
—¿Y de eso hace cuánto?
—¡A caray! No me digas que ya te está fallando la memoria. Hace... veinticinco años ya.
—Yo tenía diez.
—Y yo quince.
—Después de las tortas íbamos a la iglesia. Mi papá llegaba, se sentaba en las bancas de hasta atrás, y se quedaba dormidote. Mamá hacía como que no se daba cuenta. Nosotros, que eramos cinco hermanos, nos sentábamos con ella hasta adelante.
—Era la misma iglesia donde se casó Mickey, ¿No?
—Sí, ¿Te acuerdas?, ese día cerramos la calle y se armó el bailongo en casa de Mickey.
—Miguel Angel Santiago Estrada de la Cañada.
—Con su nombrecito todo rimbombante y fue el primero que se nos casó.
—Tenía dieciocho igual que tú, ¿No?
—Sí, acabábamos de salir de la prepa.
—Fue una buena fiesta (Sonríe).
—Pinche Mickey. Mi mamá lloró en la misa de la boda. El Mickcey todo güerito y delgado en su traje de Novio.
—El traje era alquilado. De la tienda de Ramón Serrano, ¿Te acuerdas?
—Sí, ¿Cómo no?, Fue mi primer trabajo; manejando la camioneta, entregando los paquetes. "Sí Sr. Ramón, no se preocupe". Buenos tiempos (Sonríe).
—¿Por qué nunca te casaste Alfredo?
—¡Oh!, ¿No eras tú el que decía que todavía estoy joven? Tú también estás soltero todavía.
—¿Y después de la iglesia?
—¿Qué?
—Los patos, las tortas, la iglesia, ¿Y luego?
—Luego nos íbamos a la casa a ver el fut. En la tele esa grandota que estaba en la sala.
—Me acuerdo cuando años después nos la llevamos a vender.
—Sí, en la camioneta del Sr. Ramón.
Y en la noche, nos íbamos a comer a las gorditas de la Sra. Juliana.
—El otro día la vi en...
—Pero, ¿Cómo que la viste, si doña Juliana ya está muerta?
—Sí. Me acuerdo del funeral. Tú mamá estaba llorando como en la boda de Mickey.
—No, en la boda era de alegría.
—Hubo rosarios toda la semana, y el domingo, una gran fiesta como a Doña Juliana le hubiera gustado.
—A cargo del puesto de las gorditas se quedó su hija, Sebastiana. Era muy guapa.
—¿Por qué nunca te casaste?
—Todos los martes, antes de irme al rancho de mi tío Juan en la troca, le decía: "Sebastiana, me guardas una gorditas", pero cuando regresaba, ella no tenía para mí más que una sonrisa y un "Ya se acabaron, ahí pa' la otra". Yo le decía: "Ay Sebastiana, te dije que me guardaras", pero estaba feliz porque le iba muy bien en el negocio. Y eso era todos los martes.
—A lado de la casa de Sebastiana vivía Doña Gerónima con sus gatos.
—¡Caray!, Qué nombres que tenían, ¿No?, Juliana, Sebastaian, Gerónima.
—Fue ella quien te encargó el paquete, ¿No?
—¡Ah sí! Ese martes Gerónima me pidió que fuera a recoger un paquete suyo en la troca. Le dije a Sebastiana: "Hoy sí llego temprano por mis gorditas".
—Para llegar temprano decidiste irte por el túnel del Puente Oscuro. No querías ir solo; me pediste que te acompañara.
—Sí, es que el túnel está re peligroso, pero es más rápido. Te pedí que fueras conmigo para que me echaras aguas, porque se le había roto un retrovisor a la troca.
—Y ahí nos encontramos con el trailer.
—¡Sí, sustote que nos metió! Y luego... No me acuerdo que pasó.
—Y luego nos morimos, Alfredo.
—¿Qué?
—Sí, ¿Qué no hueles el copal?, ¿Qué día es hoy?
—Ya es tarde, son las 12 de la noche. Es... 1° de noviembre.
—Ese día ya no llegamos por las gorditas; pero mira, aquí en la ofrenda te dejaron unas.
—(Triste) Me acuerdo de muchas cosas; pero no me acordaba que estamos muertos, Daniel.
—Por eso tengo que recordártelo cada año. Pero no pongas esa cara, mira, hasta tequila nos dejaron.
—No me casé porque no quería dejar sola a mi mamasita.
—Pues, ¡Salud!

sábado, 23 de octubre de 2010

África

Con el instinto que renace
del suave color paquidermo,
la fiereza de tus felinos,
y el antílope deseo,
añejado con la virtud
de tus profanos oasis,
eres en esencia y vida
lo que hace de mi estatus
(de lagrimales y cornisas)
el nativo de tu naturaleza.
Plasmado en Gizeh
tu hija pródiga
encarnada de corinto ,
está la grandeza de los muertos
(y la vida efímera de laberinto)
en la que me vestiste
ansiada de la blanca búsqueda
de ver en el cielo tu contraste
cuando la noche tiñera a tu azul seda.
Y la vida
-como vida tú misma-
encerró en tus mazmorras
todas las glorias griegas
y las llamas de Pandora
con que das la luz a tu herencia
y a la escabrosa existencia.
Triste arquitecta
de todo lo animal
(de las células,
de los paganos,
y las trincheras)
vas por los caminos
dando  sangre a los ciegos,
y abusando de tu riqueza,
cuando el pobre pregona
una baja moneda
surcas entre los cerros y minas
para dar más que la burda limosna
a la pobre escasez peregrina.
En tu vientre vive el pecado
de no pecar jamás de antemano,
y a pesar de la crudeza que nos dota la vista
hay más voluntad en tu mano
que en la completa oración de un artista.
Un día se marcó en la tierra
la fertilidad de una diosa
y al caer la vid poderosa
se formó en tu presteza
la más clara luz de existencia.

martes, 12 de octubre de 2010

Narciso

Enamorado de una vaga silueta
Que se espeja sobre aguas estancadas,
Cuya imagen la realidad no refleja,
El joven muere en la desesperanza.

El eco de su desdén retumba sobre él:
Ahora que la Justicia agita su látigo,
El gran despreciador padece del frío
Que su vanidad le ha hecho merecer.

“Mientras no te conozcas, vivirás”:
El adivino Tiresias te precavió,
Mas decidiste beber del veneno de la verdad.

Ahora que en tu ocaso languideces,
Para emerger como una hermosa flor:
¡Zambúllete bajo la superficie!

Carlos Viveros Torres

lunes, 11 de octubre de 2010

Larga ausencia

Vislumbro tu belleza, roja armonía, piel sedosa;
nada es más negro que la noche en que te miro
exhalando pudor en tu pecho tibio.
Mi mente se pierde, oh muerte, en tus cálidas manos
me sonroja la desnudez, tu aliento me incorpora,
y no siento ya los pies cuando a tu mirada me refugio.
Muero, mi corazón para, mi pulmón se fulgora;
no hay noche más oscura que en la que nuestras vistas se entrecruzan
ni idea más clara que la que en tu vientre pronuncio.
Tengo miedo de las sombras y de la luz de las farolas
tiritan mis nervios ante el calor de su esfuerzo.
Blanca espuma en torbellinos brota con violencia
y en la embriaguez de los cuerpos renaces, oh demencia,
pues la nada es mas bella que el calor de esos brazos.
Te amo por la virtud que emana de esos instantes,
sueño con el día en que tus sueños me consuman
dilatando al frío espesor de la cordura.
La noche es negra cuando me dejas sin tu esencia,
el calor de la ausencia enfría a los placeres
y muero y te odio por ser lo que no eres,
por la rígida angustia de yo estar sin ti.

Un Cadavre Exquis à la Grecque

A solas, el sol, en el cielo,
cuando la aurora, enemiga
del sueño, con su alboroto
despertaba a los ruiseñores,
se encariñó con el combate sollozante,
ya que es completamente vano
e inútil llorar por los muertos.

Gallo que anuncias la mañana,
anima tú a los jóvenes con tu canto,
pues mucho falsean los poetas,
y a los dioses les tocará determinar el triunfo,
que es Ares común a todos.

Vengo del río y todo lo traigo reluciente
(de veras: ¡vi a Febo en sueños!)
y me agobia el estruendo del mar púrpura
bullendo a mi alrededor,
ya que también para el silencio existe
una recompensa sin riesgo.

Te busco sin dejar de hacer presagios
porque no vamos a pasarte gratis:
hay un buey trabajando en casa.

No sé que hacer; mi pensamiento es doble:
por un lado, deseo tener trato contigo
pues son tan amables tus modales,
y deseo también que lo más justo de todo,
la verdad, nos asista tanto a ti como a mí,
pero el deseo, que rompe los miembros,
¡amigo!, me vence irrefrenablemente,
y de pelearme contigo son tan grandes mis ganas
como las de beber, cuando la sed me abrasa.

No hay nadie sin reproche ni sin daño:
son los dados de Eros, delirios y pleitos.
No me importan ya ni yambos ni placeres,
pues son azar y destino, Pericles,
los que dan a los hombres todo
y siendo tan largo el tiempo de estar muertos,
vivimos malamente pocos años.

Carlos Viveros Torres

viernes, 8 de octubre de 2010

Angustia


Eres un río
donde cien cauces caben
por él mil ríos andan
con él los mares mueren.

Soy una gota
soy nada
no soy ni río
ni mar
ni cause
ni agua.

Eres un cielo
y en ti las nubes
andan como hojas
en los libros;
las nubes a rebosar
de frías gotas.

Soy madera
hoja vulgar y seca,
donde mil bosques caben
donde cien tierras andan
en do los cielos mueren.

¿Qué pido de ti
Cielo y río?
¿Qué pido de ti
Bosque seco?
¿Qué pido de ti
Mar muerto?

Sin río
el mar se oculta.
Sin cielo
el sol nos mata.
Sin ti
la muerte es vana.

domingo, 3 de octubre de 2010

Extraña.


Pasillos sin fin , paredes inmensas, pasos a lo lejos...cerca, uno, dos, seis, una pareja, una multitud.
Caminos con cruces moméntaneos,instantáneos y efímeros.
Ni un sólo rostro, cientos de cuerpos, baldosas heladas y el soplo del viento gélido sin misericordia; luz de la ventana, luz pálida, cielo del crepúsculo.
Silencio, silencio, silencio.
Silencio interno contrastado con el bullicio y los sonidos circundantes, pero al final silencio, silencio infinito.
Oscuridad, espera y hastío.
Pasillos sin fin, un camino desdibujado; pasos, uno, dos, tres, cuatro...¡Bienvenida!
Música...

Por Spina Bifida

Último aviso?

Me despierto sobresaltado. Por la ventana se cuela el sonido de la señora de los tamales pero no tengo dinero para bajar corriendo a alcanzarla. Me medio visto con lo primero que encuentro y salgo del departamento; bueno, yo lo llamo departamento, no crean que es por presumir ni nada, es nada más para no llamarlo "el cuartucho que está hasta arriba de la vecindad".
Salgo y me encuentro con la señora que vive justo abajo, Doña Estela, todavía es temprano pero ella ya salió a regar sus plantitas,¡Buenas doña Estela!, ella solo sonríe; pobrecita, desde que le mataron a su hijo el año pasado ya no es la misma de antes. Cruzo el pasillo, paso por enfrente de los dos departamentos que siguen, enfrente de uno una botella con leche y un periódico enrollado, enfrente del otro un sobre con letras rojas grandotas, ÚLTIMO AVISO, que bonito contraste, ¡Buen día Pepe!, la segunda puerta se abre y yo paso haciendo como que no veo el sobre, ¡Buenas!. En el piso de abajo se oyen gritos, señal de que la vecindad ya va agarrando el ritmo; es la pareja que se avienta como cinco mentadas de madre antes de empezar el día, yo creo que con un simple -Hola- sería suficiente, él es obrero y ella, alcohólica. Paso discreto como todo buen vecino, haciéndome el de la vista gorda y llego el piso de abajo; es lo malo de vivir hasta arriba, siempre antes de salir uno se entera de la vida de todos los demás. En el piso de abajo suenan los huapangos que pone Don Beto, su vecina de a lado sale corriendo y se pone a gritarle a su puerta, ¡Apague la música viejo inconsciente, todavía es muy temprano!, trato de no reírme. Tomo las últimas escaleras antes de llegar al patio y empezar el día, Doña Sarita está sentada ya en su banquito, ¿Ya te vas Pepe?, ¡Sí Doña, a chambiarle!, la noto seria, como distante, sigo caminando, me dan escalofríos; abro la puerta y lo veo, enfrente de la vecindad esta el cuerpo del esposo de Doña Sarita, muerto ya, sin decir nada; en la esquina dos polis se comen un tamal, nadie hace nada, nadie ve nada.

Hoy cuando salí de la casa no sabía a dónde iba, pero salí muy decidido.

Por J.R. Cruz

sábado, 2 de octubre de 2010

Por la ventana

La calle es un vestíbulo desordenado de alegrías polvosas y poco discretas. Se puede ver riéndose por los aires, el triunfo del viento que ha salido victorioso contra el batallón de la limpieza.

Como última esperanza altiva dos mujeres toman sus respectivos cañones, y adornadas de tulipanes y orquídeas, comienzan con el último anhelo la desesperada escaramuza. Dos golpes aquí y veinte más por allá: es inútil. Su sofisticada belleza indígena no les permite seducir al fiero contrincante. Continúan la riña por horas y horas; son valientes pero poco son frente a tan imperioso ejército de mugre.
Cansadas  y discretas tiran su vestido, lanzan sus armas a la banqueta. Y en un doloso delirio se dicen a sí mismas:
-¡Por fin! La calle está limpia.

jueves, 30 de septiembre de 2010

El tren subterráneo.

La luz de cada lámpara en la oscuridad del cielo, justo antes de amanecer, parecía trazar un sendero hacía las nebulosas que debido a los vientos del día anterior se habían desplazado, dejando tras de sí, un cielo claro que permitía ver un inmenso negro, sin una sola estrella. Sentado en el último vagón del tren subterráneo, esta él, posando su mirada en aquellas luces, pequeños puntitos que se podían observar a lo lejos, en las cumbres de los cerros circundantes a la ciudad, en ese corto, pero inolvidable instante en que aquel tren salía de la profundidad para dar cara a la luz del nuevo día; mientras por su mente pasaban una y otra vez la cantidad de problemas que tenía que resolver, al grado de mantener su mente tan ocupada buscando una solución.
Apretaba fuerte el portafolio que llevaba consigo, aunque vacío, le servía como único escudo ante cada persona a su alrededor, tal vez era su paranoia o realmente pasaba por la cabeza de “aquellos”, lo desgraciado que era él.

El recorrido de siempre, los mismo rostros, los mismos títeres, el mismo paisaje; la cotidianidad de su vida lo llevaba a la desesperación que por dentro se mantenía, mientras mostraba por fuera un total conformismo, esbozaba la sonrisa más falsa que podía con tal de aislarse de todo aquel que tratara de infringir su pequeño mundo.

Se levantó rápidamente de su asiento, mientras a empujones parecía luchar por un premio, el cual sólo era salir para poder emprender una carrera a su trabajo; la amenaza latente de su despido por cada retraso, le ayudaría a sacar de alguna parte de su escuálido cuerpo, la fuerza necesaria para llegar en menos de 5 minutos, a un edificio que se encontraba a por lo menos, 7 calles de la estación.
Mientras corría, a su lado pasaron imágenes de las personas que caminaban por las calles; si esta vez volvía a llegar tarde, se quedaría sin empleo, y comenzó a escuchar las estrepitosas voces de sus hijos y su esposa, pidiendo las cosas más ilógicas, como si fuera asunto de vida o muerte, aquello que él no podía darles, mucho menos sin dinero.

Tomó la tarjeta mientras recobraba el aliento, registró su entrada y subió las escaleras para llegar a su cubículo. Se dispuso a realizar lo de siempre, lo de nunca, permanecer muerto frente a un monitor que regularmente, no le decía nada, junto a un teléfono de extraños, absorto de su realidad; esperó a que el reloj marcara las 6 de la tarde, para terminar su martirio y regresarlo a la soledad que vivía, comía, bebía y respiraba de él.

Los segundos pasaron cada vez más lentos, sus ojos se colgaban de las manecillas del reloj, mientras ensayaba la perfecta escena de la obra de teatro que por meses llevaba planeando. La felicidad se dibujó en su cara como un poema, parecía haber perdido la razón, pero nadie a su alrededor miraba, sólo las paredes silentes eran testigos de cada momento. La hora llegó, el reloj marcaba las 6 en punto; partió con prisa a cumplir con su historia, el recorrido en el tren subterráneo fue más rápido de lo normal, se deleitó imaginando, no podía esperar por llegar a su hogar. El paisaje exterior ahora lucía diferente, la luz de un cegante sol y las siluetas de los edificios, árboles y demás, manchaban la impecable escena que deseaba llevar acabo.

Metió la llave en el cerrojo, la giró, abrió la puerta y posó sus ojos sobre el televisor que no le dejaba dormir en las noches al recordar la fortuna que le había costado y el dinero que cada mes descontaban de su salario a causa de eso; subió lentamente las escaleras, sonriendo giró por el pasillo hacía la izquierda, justo hacía su cuarto. Llamó a su esposa e hijos, el ruido de la planta baja se detuvo por un segundo, mientras ellos subían las escaleras y justo cuando los principales espectadores dieron vuelta en aquel pasillo; una sonrisa adornó su rostro,la de mayor satisfacción en años. Abrió lentamente el closet, la tomó entre sus manos, la llevó a la sien y apretó el gatillo, la bala, atravesó su cráneo, la masa encefálica, apagando neurona por neurona, mientras la constante sonrisa ante el estruendoso grito de emoción de los espectadores, le prolongaban la alegría, que por primera vez iluminaba más que la luz de las lámparas de aquellos amaneceres.

Por Spina Bifida

La gente dice que estoy loco, temo que esta vez tiene(n) razón.

La gente... bueno no, mi padre, dice que estoy loco, yo no lo creo (un autobús atraviesa la calle a gran velocidad), mi madre dice que es porque estoy creciendo (ya tengo 22, un vaso se cae en la cocina y hace ruido en toda la casa), el doctor dice que tengo problemas neurológicos (me levanto de la cama pero no quiero), yo creo que nadie me entiende, o por lo menos a nadie le interesa (las sabanas son rasposas). Me preparo para irme a la escuela, otro día seco como siempre, (ya estoy en la puerta, mi madre pregunta "¿Ya te vas?" pero no la oigo), mientras camino por la calle visualizo mi día (un perro ladra, tan fuerte que logra espantarme), veré a mis "amigos", un tipo alto y rico que finge interesarse en mí (una parvada pasa volando) y otro flacucho que me adula cada que puede (ya estoy cerca, la escuela queda tan cerca de mi casa), luego a tomar esas aburridas clases, los maestros son mediocres, gente que no encontró nada mejor que hacer y se puso a dar clases, se que no es su culpa, pero tampoco es mía (un bebé llora a lo lejos). Heme aquí otra vez (la molesta campana suena).

Después de un par de clases me dirijo a la biblioteca (risas sin sentido), también es aburrida pero al menos ahí no hay tanto ruido, al entrar lo veo, ayer su rostro se escondía tras montones de libros viejos, sólo se veían su manos, finas y encantadoras, hoy no es diferente (olor a recuerdos en el aire) ahí está otra vez.

Entra y voltea a verme, dice que viene porque aquí no hay tanto ruido pero en realidad viene a buscarme, lo sé, ayer también vino, entra, me mira, cree que no me doy cuenta, camina hacia una mesa cercana, saca un libro de su mochila y "lee distraidamente". Se cree especial pero es uno como cualquiera.

Me siento y lo observo mientras él no se da cuenta (el aire frío entra por la ventana), me gusta observarlo, creo que es lo único que vale la pena y hace que me levante cada día (la ventana se cierra con estrépito), creo que hoy lo haré, me acercaré y le hablaré para que sepa que existo (una silla que arrastran).

Está inquieto, creo que algo pretende.

Estoy decidido, cierro el libro y me levanto hacia él (una gota de sudor cae por mi frente, no me molesta), me siento a su lado y lo miro, por un segundo aparta la vista de su lectura y me mira, yo me congelo, sus ojos... son perfectos (el rasgar del lápiz en el papel), me acerco aún más, él no se mueve.

Se acercó a mí, no lo esperaba, no sé que hacer, por mi mente pasa "es uno como cualquiera", pero no se que hacer.

Me acerco aún más, saco un cuchillo de mi mochila, se lo entierro en el estómago, no hace ruido, él no se mueve, le beso los labios, él esta congelado, me mira, saco el cuchillo, lo guardo en mi mochila, él sangra pero no se mueve, me levanto y doy media vuelta. Lo logré, me acerque y lo besé (un libro cae), él aún no se mueve, la sangre gotea por la silla, nadie se da cuenta (gis en el pizarrón), creo que lo amo.

Salgo de la biblioteca.

Mi padre... bueno no, la gente, dice que estoy loco, temo que esta vez tienen razón.


Por J.R. Cruz

Luz


Es tu ironía,
verdad,
casa perdida;
cerbero sin razón y necio
estructura de lo tibio
y de lo insano.
Tu corazón late pronto
fuerte late como el tiempo
late seco como roto
late inmenso como el mar.
Luz corrompida, desolada,
casi extinguida;
celebras la madrugada
alzando tus pezones negros
dando de beber a tus hijos
para hacernos crecer
y poder tomar tu cuerpo.
Brillo frío del cielo
rocío tibio de primavera
calor infernal del averno,
danos de beber de tu cuerpo
toma a tus hijos en tus brazos
corrómpenos como el grito al canto
tortúranos  y haznos llegar a ti.

Por Juan Montoya